Confesiones de una mujer sin límites
Ante la desesperación de estar en una nueva relación agonizante –la tercera-, no me quedó más remedio que revisar con los ojos deshidratados y la voluntad hecha añicos, la cadena de acontecimientos que se fueron hilvanando y me orillaron a llegar a este estado.
Este doloroso ejercicio me dejó horrorizada, mi ego kilométrico terminó en insignificantes milímetros, al darme cuenta que: era incapaz de poner límites.
Las pesadillas se repitieron una y otra vez… ¡y yo sin darme cuenta!
- Sacrifiqué mi espacio personal para compartirlo TODO. Mi computadora, celular y mail pasaron a ser de dominio comunitario, porque no teníamos secretos…siempre preferí salir con ellos que sola.
- Mis horas laborales se volvieron poco efectivas, y las reuniones con mis amigos fraccionadas, al contestar la diaria peregrinación de sus llamadas.
- Mi autosuficiencia contribuyó enormemente a ser la proveedora natural de las relaciones: de conocimiento, de decisiones, de planes, de estabilidad…y ¿por qué no? De dinero.
- Ante los desacuerdos, opté por acceder para evitar discusiones…eventualmente olvidé externar mi punto de vista y perdí mi voz.
- Confundí el amar con complacer. La entrega era total, tanto, que era inevitable la sensación de quedar vacía.
Siempre terminé huyendo, culpándolos del fracaso de las relaciones, quedando absuelta y victimizada por mi familia y amigos, quienes podían ver lo “buena” y “entregada” que yo era y lo “ciegos” y “abusivos” que eran ellos…en retrospectiva, ahora todo me parece tan injusto.
Precisamente con la ayuda de los “ciegos y abusivos”, pude ser consciente de la importancia, disciplina y voluntad de tener tiempos, amigos y espacios definidos: LOS MIOS, LOS TUYOS y LOS NUESTROS.
Años después, en largas conversaciones con los “victimarios”, descubrí la importancia de las discusiones, de hablar el mismo idioma y poder defender sin ofender tu punto de vista, sin temer los efectos de una opinión contraria y de saborear los beneficios de una acalorada negociación.
Difícil fue el reconocer, por opinión unánime de los tres, el control que yo misma ejercía a través de mi complacencia…sufrieron de una lenta castración, disfrazada de buena voluntad…la dependencia era inevitable, y las llamadas continuas, tan sólo el producto de la pérdida de su propia autonomía.
Gracias a los ciegos, abusivos, victimarios, ignorantes y disminuidos hombres de mi vida, porque gracias a su visión, tolerancia, lucidez y grandeza, me convertí en la mujer que seguro ahora, desearían tener consigo.
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