A morir también se aprende
"Cada nacimiento es dolor de vida, es esfuerzo con el que manifestamos el derecho de existir. Es gozo lleno de lágrimas. Nacer, es el inicio del camino hacia la muerte".
La muerte, esa sabia guardiana de los confines de la existencia, en cada arruga nos muestra una lección aprendida, en cada pelo gris, un escalón más de nuestro camino evolutivo. En su transitar, reacomoda prioridades, aclara la memoria y recordamos; recapitulamos el amor, el dolor y los hubiera.
Dejemos de mantener escondida a la vieja muerte, hagamos una cena virtual con la familia e invitémosla, dejemos que hable, que nos oriente con su sabiduría; porque es un viaje que requiere coraje y agradecimiento. Hagámoslo con tiempo, despacio; Hagámoslo HOY que estamos, o en RETROACTIVO por los que ya no están.
Conversar con la muerte en la mesa es hacerlo con humildad, rindiéndonos a lo inevitable, sin lucha ni resistencia. Es sacarla del clóset de los monstruos, quitarle el velo y atrevernos a acariciar su cara, de tomar su mano arrugada y jugar con la flacidez de su piel, con descaro, con curiosidad infantil…con compasión hacia nosotros mismos.
Necesitamos prepararnos, no como decreto y llamado prematuro por superstición, sino para tejer amorosamente el camino de regreso de los nuestros. Para que vayamos confiados, o nos quedemos en paz y JUNTOS. Limpios de culpas y de asuntos pendientes…desapegados y ligeros, de cara al amor y de espalda al miedo.
Para morir y preparar el camino de los nuestros por trascender, hay que abrir los ojos y los sentidos para agradecer con el alma, preparar legados, liberar viejos acuerdos y generar sin carga los nuevos: “Te veré en Capadocia”. Se requiere de brazos dispuestos y CONTACTO: manos entrelazadas y corazones abiertos para completar el maravilloso intercambio de dar y recibir tal vez por última vez, desde la carne. Es ocupar nuestro lugar, conectarnos con el clan y resonar con nuestros apellidos, cimbrándonos hasta las lágrimas por el enorme regalo de coincidir y pertenecer.
Acompañar y vivir esta transición, es abrir espacio a la tormenta: Llorar de rabia, de impotencia, berrear por las injusticias y las inocencias, desbordarnos por la falta de aviso, por la premura, por lo inverosímil, por el espejismo de abandono y orfandad. Pasar de la indignación al reclamo y terminar exhaustos en el amor…siempre en el amor.
Este es tiempo de reconciliación, con los que están y los que se adelantaron, los que dan la bienvenida y los que dicen hasta pronto. Es imprescindible transitar el viaje de trascendencia respaldados y seguros. Apoyándonos, sosteniéndonos y preparando un camino de celebración hacia el umbral de la vida, recordando que el regreso al origen, es un nuevo nacimiento.
En este renacer hay que tomar el nuevo lugar en la fila de nuestro linaje y honrarlo, porque en la ceremonia de trascendencia al quedar lugares disponibles, todos nos recorremos un paso más a la muerte.
Un baño de purificación con delicadeza y contacto, peinar el cabello con dulzura, tomar la mano con ternura y la determinación de “todo estará bien, continúa tu camino”, son enormes bendiciones si somos afortunados de participar físicamente en la transición. Si no es así, el amor y la intención conecta en la distancia, de algunos metros o miles de kilómetros. Haz una pausa, una ceremonia, un ritual que materialice las intenciones de acompañar en este nuevo viaje. Sin importar la manera es posible ESTAR, en tiempo presente, a la distancia o en retroactivo.
Con llanto, risas, entre niños y adultos, con mascotas y objetos simbólicos, sin esconder el dolor, de manera honesta y transparente, así nos conectamos con la vida desde la muerte. Donde cada persona querida y cercana que ha trascendido o está iniciando su viaje de regreso, es nuestro gran maestro, que nos enseña en carne y espíritu propio, a morir... porque A MORIR, TAMBIÉN SE APRENDE.
"Trascender es honrar la vida, es esfuerzo con el que manifestamos nuestro agradecimiento por existir. Es dolor y gozo lleno de lágrimas. Morir, es el inicio del camino al nacimiento".

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